RANA PLAZA NUNCA MÁS

 In Arts vives

Ropa limpia es el título de una campaña internacional de sensibilización pública que reivindica la mejora de las condiciones laborales en el sector textil.

En España, está coordinada por la ONG Setem, organización con la cual ya colaboré el año pasado en una campaña similar, pero centrada en la industria del calzado.

Lo hice con el audiovisual Gato con botas que pudo verse en el programa Zapaturgias, comisariado por Carlos Llavata en el CC La Beneficencia. Este año la idea es exigir transparencia en las condiciones laborales de toda la cadena productiva del textil, recordando la catástrofe de Bangladesh en 2013, cuando el edificio Rana Plaza se desplomó causando 1134 muertos y 2500 heridos, en su mayoría mujeres.

Con la intención de apoyarla, incluimos un acontecimiento artístico reivindicativo titulado #RanaPlazaNeverAgain, igual que el lema de la campaña, dentro de la programación Atópico de Intramurs. Pero hizo falta suspenderlo por lluvia y acordamos trasladarlo al pasado sábado 15 de diciembre, para hacerlo coincidir con la campaña de ventas navideña.

La acción se desarrolló en la Plaza de los Pinazo, junto a la salida del Metro de Colón, y el protagonismo de la misma fue a cargo de la Escuela de Kimbaku Sessantanove. Se buscaba visibilizar, mediante una exhibición de este arte oriental, el penoso ambiente de trabajo en el cual se produce gran parte de la ropa que consumimos, porque todavía se dan situaciones laborales rayanas con la esclavitud o la tortura en los casos extremos.

Mi papel dentro de la organización se limitaba, en principio, a escribir esta crónica y poco más. Pero acabé amarrado y colgado como un jamón, tal cual puede verse en la fotografía.

Para entender como acabé de esta guisa, conviene saber que lo Kimbaku o arte de ligar (shibari) es una práctica propia de la cultura samurái nacida entre los siglos XV y XVI en el Japón. Al parecer surge de la progresiva estetización de las técnicas de inmovilización del enemigo vencido, para aprovechar el potencial simbólico de su forzada sumisión y humillación pública.

Estas metodologías, cada vez más refinadas, se incorporarán recientemente a nuestra cultura occidental con el nombre de Bondage, aunque este término suele estar más asociado a la industria de la pornografía. Una relación que no es, ni mucho menos, obligatoria. De hecho, puedo garantizar, desde mi experiencia vivida en esta y en otras ocasiones, que no es el sexo sino la cura y el afecto mutuo, la principal característica de unas prácticas en las cuales la crueldad y el abuso de poder tan solo se simulan.

Justo el contrario del que habitualmente ocurre en el mundo del porno, donde la condición de excelencia radica en el no fingimiento, tanto del goce como del sufrimiento. Así me lo confirman Silvia y Ricardo, los dos estudiantes que se ocuparon de mí, el principal interés de los cuales se centra en la belleza de las formas y en la vivencia de intensas relaciones de complicidad.

Una íntima convivencia que, además, casi siempre se vive de forma recíproca, porque quien liga también suele ser ligado. Incluso es práctica habitual amarrarse y suspenderse a un mismo, tal como pudo verse durante el acontecimiento del pasado sábado.

Una atractiva ceremonia que convocó a gran cantidad de público, entre el cual se repartieron centenares de folletos divulgativos de la campaña. Interesante experiencia que recomiendo vivir también en primera persona, esto es, dejándose ligar sin miedo, para percibir con todos los matices la indescriptible potencia de este antiguo arte marcial.

Porque, de forma paradójica, la suspensión e inmovilización, cuando es voluntaria y está debidamente ejecutada, se traduce en una sensación de gran relajación y absoluta –aunque obviamente falsa- libertad. Un fenómeno que puede servirnos de punto de partida para reflexionar sobre qué es el que se nos está vendiendo al calor de las grandes palabras como arte, elegancia y moda, pero también liberación, autonomía o independencia.

Escrito por Domingo Mestre


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